jueves, 1 de noviembre de 2012
Luna. Capítulo 1.
Una mañana más. 24 horas en las que tienes que sobrevivir. Hora tras hora tendrás que convivir con los que te rodean pero sobretodo, contigo mismo. Te levantas y nuevamente el peso del mundo se echa sobre tu espalda cansada. Te miras en el espejo, con todo el peso de los años, del tiempo, de las personas a las que decepcionaste a tus espaldas y en cambio detrás de esa cara inexpresiva no ves nada, no hay tiempo, no hay ni historia ni espacio. Sigues bloqueado. Hace meses que todo aquello que te inspiraba ha dejado de hacerlo, la música que era tu mayor aliado en estas ocasiones ya no funcionaba ni como analgésico para el dolor. Dejas tras de ti hojas en blanco llenas de esperanzas que esperaban ser plasmadas al papel. Pero sin embargo tienes que seguir adelante, tienes que caer para levantarte. Al fin y al cabo era solo una mañana más. Abrió el grifo de la ducha y como cada amanecer, dejó que el agua recorriera su cuerpo cansado de luchar. El agua estaba tibia, casi perfecta y una pequeña sonrisa de esperanza asomaba en su comisura derecha: "Ojalá todo vaya mejor"- pensó. Salió de la ducha y miro aquellas cicatrices que le hicieron sentir algún sentimiento en su día. Cuando estaba vacío por dentro. Decidió que una sudadera sería lo mejor. Roja, el color favorito de ella. Ella. Cuanto tiempo había pasado ya, un año. Tantas tardes acurrucados en aquel sofá, tantas lágrimas derramadas, tantos recuerdos que se quedaron en nada más que eso, recuerdos. Se hacía tarde y tenía que coger el autobus. -¡Dean!¡Vas a perder el autobus!- gritaron desde el piso de abajo. Era la hora de sobrevivir.
-¿Qué hora es?- preguntó Dean al ver a su hermana saliendo por la puerta.
-La hora.- contestó ella desafiante.
-Joder, no me da tiempo ni a desayunar.
-Vamos o perderemos el autobus otra vez por tu cualpa.
Como no, siempre era mi culpa. Llega un momento en el que te da igual todo. Te da igual a quien le duelan tus palabras, te da igual que el mundo se derrumbe, porque hay veces en las que nada vale ya la pena, en las que estas tan vacío, tan solo, tan mal que ya se puede hundir el pavimento bajo mis pies, que me dará igual.
27 de Diciembre de 2011.
He llegado tarde a casa otra vez. Mi madre me ha dicho que en una temporada no saldré, que esto no puede seguir así pero hoy, hoy nada puede importarme. Después de leerme unos cuantos capítulos de "Lágrimas de cristal" junto con un buen café expresso he salido de la cafetería y me he cruzado con ella. No he podido evitar darme la vuelta, su perfume me embriagó y el frío me cortó la respiración. Era ella, sin duda.
-Dean Dickson si vuelves a llegar tarde tendré que llamar a tus padres - dijo la profesora de matemáticas.
Después de una larga clase de matemáticas decidí irme a casa. Me dolía demasiado la cabeza para seguir aguantado a una panda de profesores frustrados por tener que aguantar a niñatos chorreantes de hormonas. Nada más llegar a casa subí a mi habitación y me metí en la cama. Hace un tiempo, cuando me concentraba por las noches, todavía podía oler la dulce esencia de su pelo y pensaba que una parte de ella seguía conmigo, pero me confundía, ya era demasiado tarde para recordar eso. Ella ya no estaba, ya no continuaba guiándome, se había ido.
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