¿Sabéis? Nunca he sido de seguir las normas, nunca me ha
gustado ser igual a nadie, nunca he sido de clichés... Desde pequeña todo para
mí ha sido diferente, si me salía de mi dibujo al pintar me daba igual, si me
caía de la bicicleta me levantaba, si me inventaba un juego estúpido en el que
por alguna razón acababa con los codos o las rodillas raspadas mi madre me
echaba agua oxigenada y no pasada absolutamente nada, pero ahora, ahora que he
crecido todo eso que me daba igual ha cobrado un estúpido sentido. Ahora preferimos
el amor de las películas a las películas, preferimos llorar a solas a que
nuestra madre nos cure las heridas (aunque sean internas), nos caemos una y
otra vez y no sabemos como levantarnos, preferimos unos tacones al cielo que
unos pies descalzos en el suelo, queremos unas pestañas tan grandes como
nuestros sueños, preferimos una copa cargada a una gameboy con las pilas nuevas…
Pasan los años y te das cuenta de que todos buscamos lo mismo, buscamos amor,
amistad y lealtad eterna, buscamos a ese
“Dios” que nos crea y nos permite juntarnos y así nos pasamos la vida, pero
también a veces es mejor dejar de buscar y empezar a dejarse encontrar. Cuando dedicas mucho tiempo a pensar, a darle
vueltas a las cosas y a comerte la cabeza te das cuenta de todo lo que pasa,
como todos necesitamos lo mismo, como necesitamos seguridad, dependemos de
nuestra ambición y tenemos la música mas alta de lo normal cuando necesitamos
aclarar nuestras ideas. Poco a poco me he dado cuenta de el tiempo que pasamos
delante de un espejo buscando mas defectos que virtudes, como miramos mas a los ojos en vez de a los
corazones y lo poco que nos damos cuenta de que en el fondo, todos somos carne y
huesos. Disfrutemos mucho de los sueños inalcanzables porque en un tiempo no
nos quedará ni la mitad de lo que fuimos y tendremos que aprender a ser.
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